Interdependencia

Las piezas del cuenco

Una tarde, Ashikaga Yoshimasa, Shōgun de la provincia de Ashikaga que gobernó en Japón durante la segunda mitad del siglo XV, procedía a beber té en su cuenco de cerámica favorito. Lo había mandado traer de China y lo utilizaba solo en ocasiones muy especiales. De pronto, sin poderlo evitar, el cuenco se le resbaló de las manos y cayó al suelo, quebrándose en muchos fragmentos. Yoshimasa no estaba dispuesto a perder su cuenco predilecto y no quería otro idéntico; deseaba recuperar el original, así que se le ocurrió que, como la pieza había sido fabricada en China, quizás los artesanos chinos podrían repararla para que sirviera de nuevo. 

Su desencanto fue tremendo y su molestia incontrolable, cuando se dio cuenta de que su cuenco amado había sido arreglado con una especie de grapas desagradables a la vista, generando grietas de por medio que impedían que el artefacto contuviera el té. Entonces se empeñó en que sus sirvientes buscaran por todo Japón a un artesano capaz de idear una forma de restaurar la pieza original. 

Muy lejos de allí, en un pequeño pueblo, vivía el viejo Hayato, un artesano ermitaño dedicado a la fabricación de objetos de cerámica, quien tenía fama de realizar creaciones hermosas y de una resistencia tal que raramente se rompían, incluso si caían al suelo. Hayato aceptó el encargo sin saber a ciencia cierta cómo iba a lograr cumplirlo, simplemente confiando en que sus talentos y dones ayudarían a que así fuera. 

Después de tres meses, el artesano volvió con el Shogún y le dijo: “He reconstruido tu cuenco por las cicatrices, las mías y las de la cerámica. Lo que se quiebra no puede volver al estado original, pues el accidente lo transforma, así que es necesario un renacimiento; no desde el lamento por las fracturas, sino desde la aceptación visible de las heridas. Todas las cosas llevan en cada grieta su historia, una historia que, en lugar de ocultarla, embellece cuando es mostrada. Aquí tienes, Yoshimasa, un cuenco de té que ha resurgido de las penas que hicieron pedazos al anterior". Así pues, Hayako le entregó al Shōgun un cuenco cuyas pedazos estaban unidos con ríos de oro, que hacían visibles las líneas por donde se había roto la pieza original. A este arte de reparar cerámica, esta especie de carpintería con oro, se le dio el nombre de Kintsugi o Kintsukuroi. 

Traigo a cuento esta breve pero significativa historia, porque cada uno de nosotros es parte del mismo todo y, aun si el juego de la percepción nos invita a vernos rotos y en consecuencia a actuar como necesitando repararnos, en realidad somos multidimensionales e infinitamente dinámicos en nuestra naturaleza esencial; somos integrantes del Gran Colectivo.

Así como tenemos la mente, las emociones y el cuerpo físico, de igual forma tenemos nuestro ser independiente y nuestro ser interdependiente; ambos son ríos por los que fluye nuestra consciencia a través de nuestra fuerza de vida. 

Cuando hablamos de interdependencia, hablamos de participar con nosotros mismos, absolutamente individuales, pero conscientes de que estamos íntimamente vinculados y alineados con nuestro colectivo, y de que somos parte del todo; ya sea en asociaciones, relaciones, familias, lugares de trabajo, comunidades religiosas o con nuestros distintos grupos humanos. Independientemente de la colección de personas de la cual formemos parte, es importante tomar consciencia de que nuestra salud y abundancia individual, nutren el ritmo y balance de nuestro equipo; ese balance y ritmo que encontramos en la respiración, en lo sencillo de la expansión y la contracción. Mismo ritmo que determina la experiencia de bienestar, salud y abundancia del colectivo en todos los niveles.

La interdependencia es la esencia original y auténtica de nuestra naturaleza humana. Una realidad donde somos mucho más que lo que percibimos con los cinco sentidos. Es la vía para participar de la sustentabilidad humana.

Estamos siendo interdependientes cuando nos cuidamos a nosotros mismos en el corazón que nos late dentro, igual que en el corazón de nuestro prójimo. Es exactamente lo mismo: somos parte de una gran imagen, cada ser humano es parte de esta gran imagen; somos parte de una gran familia, formamos un gran organismo que participa del latir del mismo corazón.

En la experiencia humana, eterna, cósmica, divina, limitada; la interdependencia trabaja en integrar lo que desintegramos, aceptar lo que resistimos, perdonar lo imperdonable; en fin, sanar con hilos de oro al interior de la consciencia, reconciliando y perdonando todos los ecos de lo que fue y no es. Ser esos hilos de oro en nuestra experiencia de interdependencia y, con ellos, alinearnos para fluir con la fuerza de vida hacia todo y hacia todos. El regreso del hijo pródigo, el regresar a la  pertenencia, a lo absoluto, mientras que participamos individualmente en nuestra parte de la gran vasija. Somos una de las tantas piezas y, a la vez, somos únicos y necesarios para conformar ese todo. 

El gran cuenco humano requiere de cada uno de nosotros para estar completo. Nuestra responsabilidad, nuestra consciencia y, sobre todo, nuestra voluntad, son esos hilos de oro capaces de vincularnos una y mil veces. Si hay voluntad, las cicatrices y las heridas se convierten en ventanas y túneles para viajar en el tiempo, para sanar e integrar. Ese es el tema de este juego de SER HUMANO, estamos hechos para volver siempre a ese todo, para estar presentes aquí y ahora.  

En la consciencia de mi ser interdependiente, soy un observador neutral totalmente presente, no desde mi personaje, sino desde mi individualidad; desde mi espacio en el universo, aquí y ahora, dejando que todo me informe, que todo expanda mi consciencia y eche a andar mis habilidades únicas de responder y participar en todos los niveles de mi existencia. I AM HERE NOW (ESTOY AQUÍ AHORA) tomando mi lugar en el universo, ni más, ni menos.